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El padre que se fue al cielo

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El padre que se fue al cielo

Mensaje por Galilea el Lun 07 Mayo 2012, 02:03

El padre que se fue al cielo


“El padre que no regresó porque se fue al cielo”

En otra estación de radio, en un programa evangélico llamado “Vencedores”, el invitado a predicar esa noche es el predicador de una iglesia bautista. Antes de entrar al “plato fuerte” de la noche (que se supone es el sermón) el pastor en turno desea decir un testimonio personal, que, palabras más, palabras menos, es como sigue:


Cuenta el pastor que su padre, un hombre ya anciano, tiene el mal de Alzhaimer (pérdida de memoria degenerativa). El padre vivía con la familia de este pastor desde hacía unos tres años. Todos tenían mucho cuidado de no dejar las puertas abiertas para que el anciano no fuera a abrir, salirse y sufrir el riesgo de no saber luego cómo volver a casa.
Todo funcionó bien hasta que ocurrió el imponderable: alguien deja las puertas sin seguro, el anciano sale a la calle y, ciertamente, se extravió. Esa tarde del extravío se le buscó al anciano dos horas después de no volver a casa. Angustiados, los familiares comenzaron a tratar de localizarlo en hospitales, cruz roja, policía, albergues. Nada. A las seis horas se unió un gran grupo de hermanos que recorrieron colonias enteras en busca de este hombre. Nada. Así pasó un día, luego dos, finalmente una semana, y tres y seis meses.

Desde la misma noche en que el anciano desapareció se iniciaron cadenas de oración para pedir a Dios por el pronto encuentro del padre del pastor. Las súplicas por parte de la iglesia siguieron a través de todos esos seis meses, sin que el hombre apareciera o se tuvieran noticias de algún accidente sufrido. Incluso, se visitaron las morgues, por si las noticias acerca del desaparecido fueran fatales y por lo menos se tuviera el consuelo de saber dónde había terminado. Pero nada tampoco.

En este punto del testimonio viene una declaración increíble...Al ver pasar los meses y los días de oración 'infructuosa' y sin que el extraviado apareciera, el pastor tomó una decisión también inusitada: tuvo a bien declarar desde el púlpito que su padre no apareció porque había ocurrido un milagro: su padre, como Enoc, “había sido llevado por Dios al cielo”. No lo dijo (y no lo dice) como figura literal sino como un hecho verdadero.

Como el pastor en cuestión es bien conocido localmente, días después de pasar este programa radiofónico consulté a un amigo mío y hermano de esa iglesia, preguntánbdole acerca de este caso extraordinario. Efectivamente, me confirmó este hermano, las cosas así sucedieron; y me dijo: un domingo el pastor se levantó, y desde el altar dijo a todos los miembros que nadie debía dudar de las respuestas de Dios a la iglesia (en este caso con respecto a las oraciones por su padre); que Dios ya había contestado las oraciones ‘llevándose’ al anciano: ‘arrebatándole’ al cielo... Toda la congregación enmudeció.

La opinión de los creyentes se dividió. Hubo quienes razonaron así: si los hechos son como lo dice el pastor (quien habla por Dios), debe ser verdad y hay que creerlo a ‘pie juntillas’. Luego estaban los que dudaron (entre ellos mi amigo), pero no se atrevieron a contradecir lo dicho ‘desde el púlpito’, además de que, inmediatamente, a través de boletines y otras publicaciones internas, ese pastor mandó a imprimir la inusual noticia como un hecho verídico e irrebatible. Por otro lado, a quienes osaron entre ellos mismos interrogarse acerca del hecho, se les conminó a no establecer ‘divisiones’ en cuanto a lo declarado por el ministro de Dios.

Este es un ejemplo de fe tóxica que abarca todos las partes: pastor, liderazgo, congregación. Basados en la opinión de un hombre, los demás, de los casi 300 miembros, se han dejado llevar por un argumento sin prueba alguna: sólo la creencia a ciegas, o la duda razonable pero acallada. En realidad no existe prueba alguna (salvo la pura palabra y explicación del pastor) de que ese ‘arrebatamiento’ haya ocurrido. El pastor no presenta más evidencia que la pura suposición: él jamás vio nada, no fue testigo, pero tampoco tienen a otros testigos que hayan presenciado el tal milagro que él esgrime. La Biblia misma sólo refiere dos casos similares: el de Enoc y el de Elías, sin que halla en las mismas Escrituras promesa alguna que cosas semejantes vayan a suceder a nosotros también (salvo, claro, el arrebatamiento de la Iglesia en su conjunto). Entonces ¿por qué alguien (que se dice ministro de Dios) procede mediante esta suerte de falacias? La respuesta es simple: porque practica una fe tóxica y se las comunica y enseña a sus feligreses.

Uno se pregunta ¿qué va a ser este ministro si un día se le presenta su padre vivo delante de él?. Aquí sí, todo es posible.

El asunto central en todo esto tiene que ver con un tipo de fe mal enfocado y tristemente ajeno a la fe bíblica. Hombres que practican esta fe son los que se sitúan en un lugar de privilegio equivocado y (dado el status alcanzado por este privilegio), cuando algo falla no dan crédito a lo que sucede, y entonces se preguntan: ¿Cómo va a ser que Dios no le conteste a un pastor sus peticiones --más tratándose de que su padre está en peligro? ¿Qué va a decir la congregación del pastor a quien Dios no quiere hallar a su padre? ¿Con qué cara voy a predicar de poder en la oración (dice el propio ministro) si ahora yo soy impotente para hallar a alguien a quien amo...y Dios no es capaz de resolver el problema?
Y ya, en la peor etapa de la fe tóxica, también se trata de ‘defender’ a Dios, de exculparlo, de hacerlo quedar bien: viene el ardid y el argumento tóxico: “A mí ---le dice ese ministro a su congregación-- sí me contestó Dios (¿Cómo que no?) Y me contestó como a ninguno de ustedes les hubiera contestado: ‘se llevó a mi padre, vivo, al cielo.’”


Este es el argumento faccioso que encubre el desconocimiento de una fe bíblica, de una práctica sana en las convicciones cristianas. Una fe que no evita la catástrofe ni tampoco la disfraza. No piensa que uno es invulnerable. No otorga a ministros de culto carta de exención para que sólo reciban bendiciones; menos aún considera que a unos Dios les contesta más que a otros. Yo no puedo ver a un Dios que mira cómo me falla mi fe o estoy desesperado, y para ello me aconseja que diga a mis hermanos y fieles una mentira de ese tamaño.

En el Salmo 23, David afirma sin tapadera alguna:

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento”.

¿Puede haber algo más sano que esto? Un hombre de Dios (David) declara estar dispuesto a transitar por sombras y muerte; y accidentes y pérdidas. La fe sana sabe de esto: conoce las tragedias pero confía en que aun en ellas Dios marcha con nosotros. Cuando éstas suceden, la fe sana las entiende como parte de la vida, no las oculta, no las maquilla; al revés, habla de ellas y pide a los otros creyentes apoyo. Tampoco se avergüenza de las decisiones de Dios, aunque éstas vayan en contra de nuestros anhelos. Tampoco, por otro lado, se alegra de situaciones difíciles y deja de condolerse, sufrir o llorar...Lo hace y no se avergüenza de ello.

Los creyentes de esta congregación, cuya mente oscila hoy entre creer y no creer lo dicho por su pastor (y por ello algunos se sienten culpables), deberían ponerse también del lado de la fe sana. Hablar con su pastor, decirle que entienden lo que le pasa a él, pues es lo que pudo pasarle a cualquiera de nosotros; incluso, al más espiritual de los cristianos.

Una fe sana pregona la verdad ante todo. Con ella crece y se reproduce bajo valles de sombra y de muerte. Con ella actúa teniendo como garantía lo dicho por el Salmista: “Pero Tú (Dios) estarás conmigo”.

En mi próxima entrega, Caso –3: “Estoy pasando por grandes pruebas”

Galilea
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